Relatos

UZLOVÓI

Los veranos en Uzlovói eran siempre demasiado tranquilos. Sabíamos que estaban sucediendo cosas extrañas en el resto del planeta, pero aquí nunca pasaba nada y este verano no iba a ser la excepción.

En Saint Dizier, un pequeño pueblo del centro de Francia, la tierra se había partido en dos y un río de lava había arrasado varias granjas, para luego enfriarse de golpe y sin explicación alguna. En Okinawa, una de las islas del sur del archipiélago japonés, no había parado de nevar desde enero. Una guerra de bolas de nieve en agosto es lo que necesitábamos, pero no. En Uzlovói hacía calor y el evento más emocionante de la temporada había sido la visita de mis primos de Krasnodar. Sasha y yo estábamos convencidas de que era el lugar más soporífero de la Tierra.

Para combatir el aburrimiento – y de paso el calor – solíamos ir a bañarnos a una cascada que había en la parte alta del río. El fin de semana antes de que comenzaran las clases decidimos ir a darnos un último baño para despedir las vacaciones. Quedamos frente a la casa del señor Petrov, como siempre, y desde allí caminamos junto a la orilla hasta llegar al claro donde la roca se partía y el agua caía con fuerza. Picaba si te ponías justo debajo, pero era agradable olvidarse del calor aunque fuera solo un rato.

Justo cuando íbamos a meternos en el agua, una pareja de delfines saltó desde lo alto de la cascada. Uno de ellos cayó en la parte más profunda y continuó nadando río abajo. El otro no tuvo tanta suerte.

Sasha y yo nos miramos emocionadas. Por fin pasaba algo en Uzlovói, aunque no fuimos conscientes de lo que significaba ni de las consecuencias que iba a acarrear.

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